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Apartado Cultural: Edvard Munch y sus aves interiores

22 junio, 2026 0 comentarios

Edvard Munch y sus aves interiores

Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com

Pocos pintores han plasmado con tanta fuerza la angustia existencial como Edvard Munch (1863–1944). Menos aún han dejado en su obra un sello tan evidente de su padecimiento psíquico.

Nacido el 12 de diciembre de 1863, hijo de un médico estricto y formal, Munch fue marcado desde joven por la tragedia familiar: su madre y una de sus hermanas murieron de tuberculosis, y otra hermana terminó sus días en un hospicio.

En 1930, cuando ya era una figura consagrada del arte noruego —amigo del dramaturgo August Strindberg (quien también fue pintor y terminó internado en un hospital psiquiátrico) y de Henrik Ibsen—, Munch sufrió una brusca aparición de manchas negras que obstruían la visión de su ojo derecho.

Aparentemente, ya tenía disminuida la visión en el ojo izquierdo, probablemente por un golpe recibido en su juventud. Consultó al doctor Christian Raeder (conocido por haber descripto una rara forma de neuralgia del trigémino), quien diagnosticó una hemorragia vítrea causada por hipertensión arterial. Sin embargo, cabe pensar en otras posibilidades: quizás un colapso vítreo con desgarro —no evolucionado a desprendimiento—, difícil de diagnosticar en aquella época, o una vasculitis por hipersensibilidad al bacilo de la tuberculosis, conocida como enfermedad de Eales. Considerando sus antecedentes personales y familiares, esta última hipótesis no sería descabellada.

Años después, algo similar ocurrió en su ojo izquierdo, aunque como ya veía poco con él, no le causó tanta angustia. Se recuperó en poco tiempo.

Raeder le aconsejó lo mismo que recomendaríamos hoy: reposo. Sea cual fuere la causa, la visualización persistente del coágulo se volvió una obsesión para Munch, quien lo retrató repetidamente con lujo de detalles. Tal vez para facilitar un diagnóstico. Tal vez solo para calmar sus obsesiones.

Fotógrafo aficionado y observador agudo, Munch detectaba cómo la luz afectaba el ángulo y apariencia de la mancha. El obligado reposo le permitió estudiarla con precisión. Con el tiempo, la forma se aclaró y adquirió aspecto de anillo: el artista lo identificó con un pájaro. Posiblemente, se tratara del anillo de Weiss, una condensación vítrea en la inserción del vítreo sobre el nervio óptico.

Como era de esperar, el “pájaro” levantó vuelo. El coágulo, al descender en el interior del ojo, fue saliendo del eje visual; pero la imagen, invertida, se desplazaba hacia arriba en su campo visual. Así, sus pinturas reflejaban ese fenómeno. Finalmente, el ave desapareció de su visión… y de su obra.

Durante todo ese proceso, Munch produjo una serie de dibujos y acuarelas que retrataban esa forma aérea, entóptica, visible solo para él, pero convertida en símbolo universal de su padecer interior.

“El arte creador y la experiencia real son una misma cosa”, dijo Mahler. “Pero siempre queda un poco de misterio, incluso para el creador”.

Y eso es justamente la pintura: una realidad que solo el artista ve… y trata de compartir con los demás.

Ansiedad (1894). – La muerte de Marat (1907).

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