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Apartado Cultural

La marea de los tiempos XV


Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com

La Masacre del Triunvirato • Antoine Caron • 1566  Museo Louvre, París, Francia

El recuerdo de las atrocidades de la guerra solo sirve para eternizar la venganza de las víctimas y el rencor de los victimarios. Ese fue el destino de La Masacre del Triunvirato, obra de Antoine Caron (1520-1598)  pintada en 1566. Si bien la pintura se refiere al triunvirato romano de Marco Antonio, Octavio y Lépido —conformado en el año 43 a.C., después del asesinato del César— y retrata la masacre que siguió a la caída en desgracia de Marco Antonio, aunque el verdadero drama que Caron pretendía mostrar transcurría a orillas del Sena. Las guerras religiosas destrozaban a Francia.

Curiosamente, réplicas de este cuadro de exterminio y excesos se encontraban en manos de ambos grupos en conflicto. Tanto el general Montmorency, jefe del movimiento católico, como el príncipe Condé, líder protestante, tenían sendas copias de esta obra para recordar las atrocidades a las que sus correligionarios habían sido sometidos.

Nadie sabe quién encargó la obra a Caron, pero se sabe que por lo menos veinte copias se encontraban en manos de católicos y protestantes, una curiosa y atroz coincidencia.

El original se exhibió por muchos años en la sala vecina a la Gioconda155 en el Museo del Louvre.

A lo largo del siglo XVI, el mundo tenía sobradas razones para mostrarse melancólico, más allá de los trastornos de neurotransmisores que le atañen a cada cuerpo. Las pestes asolaban Europa. La contemplación de miles de cadáveres acumulados en las calles no era un espectáculo edificante y menos aún que se pudiese olvidar. Brueghel así lo consigna en su El Triunfo de la muerte, donde ejércitos de esqueletos acarrean a los pocos sobrevivientes hacia el reino de las parcas. La peste alteró las costumbres y modificó la economía y la política de los hombres.

Al caer la población y contraerse los mercados, surgió una marcada tendencia al autoabastecimiento. Los que sobrevivían querían hacer valer su trabajo; la peste había equiparado las diferencias sociales. Después de todo, los nobles morían tan burdamente como los campesinos. ¿Por qué someterse a la voluntad de ellos, si estos eran tan vulnerables como los demás mortales?

El triunfo de la muerte • Pieter Brueghel • 1562  Museo del Prado, Madrid, España.

La marea de los tiempos XIV


Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com


Retablo de Isenheim • Matthias Grünewald • 1516, Museo de Unterlinden, Colmar, Francia.

Ante el escepticismo de Durero, surgen las convicciones de Matthias Grünewald, quizás el artista que mejor representó los valores de la Reforma luterana. Mientras Durero disfrazó el dolor y la melancolía con símbolos, Grünewald no temió presentarlos en toda su magnitud, y hasta parece complacerse en mostrar la crueldad y el dolor, como en este Retablo de Isenheim, donde el sufrimiento de Cristo es exhibido en forma descarnada.

Nada en este cuadro es elíptico o simbólico, Grünewald pintó a Jesús sufriendo en la cruz para que los enfermos que se alojaban en el convento de Isenheim se resignasen al determinismo luterano. De esta forma, la experiencia del dolor se convierte en un sacrificio redentor. Ellos deberán sufrir su enfermedad, no tienen otra opción, pero si han de sufrirla, lo deberán hacer con la altura con la que Cristo padeció su suplicio en la cruz.

Las perversas obras del Caravaggio, plenas de degüellos y asesinatos, no sólo eran el reflejo de su psicopatía sino el espejo de los tiempos que corrían. Artemisia Gentileschi toma la temática de Judith decapitando a Holofernes en un espléndido cuadro que reproduce el degüello. Existen además otras versiones de Tiziano, Cranach, Galizia y Allori. La masacre de San Bartolomé, los intentos de asesinato contra Isabel de Inglaterra, la muerte de Guillermo I de Orange, el asesinato de Enrique IV de Francia (después de doce intentos) dan testimonio de los medios violentos para resolver las diferencias políticas de la época. Las ejecuciones se convirtieron también en representaciones pomposas, la Ley del Talión era la moneda corriente, y hasta podía encontrar una justificación divina si se invocaban motivos religiosos. Eran los tiempos de la Contrarreforma y todo era válido para pelear contra los herejes protestantes y éstos, a su vez, para vengarse.


Judith y Holofernes • Caravaggio • 1599, Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma, Italia.

Judith decapitando a Holofernes • Artemisia Gentileschi • 1612, Museo Nazionale di Capodimonte, Nápoles.

La decapitación de San Juan Bautista • Caravaggio • 1608, Concatedral de San Juan, Valeta, Malta.

La marea de los tiempos XIII


Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com


La última Cena • Leonardo Da Vinci • 1497
Convento Dominico de Santa María de la Gracia, Milán, Italia.

Para los católicos, La última Cena (ejecutada entre 1495 y 1497) se convirtió en símbolo de traición, y Leonardo Da Vinci resalta este aspecto en su obra: Cristo anuncia que ha sido vendido y todos los apóstoles reaccionan conmovidos por sus palabras. Judas, el  tercero a la izquierda de Cristo, es el único que apoya el codo sobre la mesa y aprieta entre sus dedos  la bolsa que contiene los treinta denarios —la suma  que habían pagado los sacerdotes, el equivalente al valor de un esclavo—.

La obra fue encomendada en 1494 por el duque Ludovico Sforza, llamado “el Moro”, para el Convento de Santa María delle Grazie.

Leonardo tardó tres años en terminarla, muy fuera del lapso previsto —siguiendo una vieja costumbre del maestro, proclive a cumplir sus compromisos a destiempo—.

Por ese entonces, Ludovico había tramado una alianza con Carlos VIII, rey de Francia y

Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano, para que entre los tres dominasen el norte de Italia. Las cosas no fueron según lo planeado y el ascenso al trono de Francia de Luis XII  aceleró la caída de Ludovico.

El Papa Alejandro VI, su hijo César Borgia y la república veneciana, unieron sus fuerzas a las del rey galo contra Ludovico. Francia invadió el Milanesado con un ejército de mercenarios suizos. Ludovico también había contratado mercenarios del mismo origen, pero sus tropas se negaron a pelear contra sus connacionales; entre ellos se entendieron y decidieron traicionar a Ludovico quien intentó huir disfrazado, pero terminó apresado y encarcelado.

“Nunca faltan los Judas”, parece decirnos Leonardo elípticamente mientras la figura del apóstol desleal aprieta el saco de monedas.

La ciudad de Milán cayó en manos de los franceses. Luis XII, al visitar su nueva conquista, quedó tan maravillado por esta “Última Cena” que intentó llevarse el fresco a París. A poco debió desistir de su loca idea, y la obra quedó en Milán, recordándonos que la lealtad es una frágil virtud que la marea de los tiempos suele quebrar por codicia, orgullo o rencor.

El mundo se deshacía en guerras y hambrunas. Los artistas y pensadores tuvieron entonces la impresión de que la exaltación clásica de este Renacimiento no se tradujo en una “renovación” de la condición humana; los hombres continuaban realizando los mismos desmanes que los griegos y los romanos e idénticas barbaridades que en el Medievo. El soñado “hombre nuevo” fue una ilusión, un nuevo fracaso en la gesta renovadora. Nada había renacido.

Este desencanto con la naturaleza humana, esta desconfianza sobre la integridad de los hombres fue un sentimiento generalizado que imperó a fines del siglo XVI.

La Iglesia, a pesar de su supuesta misión humanitaria, había demostrado que no era un dechado de virtudes (ni mucho menos). Tampoco el arte parecía haber logrado su meta educadora, y Alberto Durero reflejó este desencanto como un intelectual comprometido con su tiempo.

La parte más importante de su obra son las 450 aguafuertes que nos ha dejado. En esas láminas, Durero se despacha sobre la condición humana en este siglo de crisis, de guerras interminables y conquistas. El mundo ha perdido sus certezas, la Iglesia tiembla, los herejes avanzan, los pueblos reclaman y los reyes reprimen, pero nadie está dispuesto a ceder terreno y chocan una y otra vez ante la perseverante insensatez de los hombres.


Melancolía I • Alberto Durero • 1514
Galería Nacional de Arte de Karlsruhe, Baden, Alemania.

Esta lucha entre utopía y realidad, entre idealismo y pragmatismo, llevó a Durero al desencanto, a la acedía, a la melancolía, como lo dibuja en la críptica representación que lleva ese nombre. Al rostro de hastío de esta “Melancolía”, se suman los símbolos de oscura interpretación, como el cubo de Júpiter, figura geométrica de treinta y cuatro caras que, probablemente, actuase como un paliativo de Saturno —el planeta ligado a la melancolía—. También se aprecian algunos signos masónicos como el sol con sus rayos y el compás con que esta mujer juega distraídamente.

Toda la composición es una alegoría de la desazón que lleva a la falta de creatividad y al aburrimiento mortal que tiñe la realidad. Durero no sólo rechaza a la Iglesia de Roma sino a los luteranos más recalcitrantes. En Los cuatro apóstoles, (nombre engañoso porque Marcos era evangelista pero no apóstol) aparecen Juan y Pedro y Pablo y el ya mencionado Marcos bajo un texto en alemán que dice: “En estos tiempos peligrosos, todos los príncipes deben cuidarse de tomar las tentaciones del hombre por la palabra de Dios. El Señor no tolerará que su palabra sea tergiversada. Es la advertencia de esos cuatro hombres excelentes: Pedro, Juan, Pablo y Marcos”.

Nada es lo que parece ser, todo el mundo ha hecho uso a su conveniencia de la palabra de Dios, tanto por parte de la Iglesia como la particular exégesis de cada predicador protestante, y este enfrentamiento estéril lo sume al artista en negras meditaciones.

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LA MAREA DE LOS TIEMPOS XII

posted by adminalaccsa 22 febrero, 2024 0 comments

La marea de los tiempos XII


Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com

La expulsión de los mercaderes del templo • El Greco • c.1600, National Gallery, Londres, Reino Unido

“… como valiente, le honré, pero por ambicioso, lo maté”
Julio César

William Shakespeare
“La traición no triunfa nunca, porque si triunfa nadie la llama traición”, sostenía el político inglés James Harrington.

No hay historia sin traiciones, no hay  política sin deslealtad, ni guerra sin vendidos al  mejor postor pero, como señala Harrington, la traición pierde su carácter avieso cuando el que la comete se cuenta entre los vencedores. Entonces,  su perfidia se convierte en astucia, el acto supuestamente desleal es el ardid meticulosamente urdido para convertirse en la llave de la victoria,  que será ensalzada por los historiadores, cantada por los poetas, plasmada en el lienzo o elevada al  bronce por los artistas.

Con la Reforma, todos los valores exaltados por el Vaticano se pusieron en tela de juicio, aun la traición de Judas Iscariote, que, hasta ese momento, era el paradigma de la deslealtad.

Los luteranos rechazaban el libre albedrío como motivador de la conducta humana y creían en  la predeterminación. Bajo esta perspectiva, Judas se convirtió en un instrumento de la voluntad divina,  un partícipe necesario para que Cristo cumpliese su  misión en la Tierra.

Surgieron, entonces, algunas teorías con las  que pretendían convertir la traición de Judas en un  fallido acto de ayuda del apóstol. Judas trató de salvar a Cristo de los zelotes que no perdonaron ese “dad a Dios lo que es de Dios y dad al César lo que es  del César”. Para este grupo de intransigentes, Jesús no podía ser el Mesías. Los zelotes esperaban a un  caudillo militar y no a un hombre que aceptaba mansamente la dominación romana. Bien sabía Judas que el Sanedrín (una asamblea o consejo de sabios estructurado conformado por 23 jueces en cada ciudad judía) no tenía razones para condenar a Jesús,  por lo que pactó con ellos entregar al Maestro, a fin  de salvarlo de una segura agresión por parte de los  zelotes. Pero Judas no había tomado en cuenta que al expulsar a los mercaderes del templo, Jesús también había irritado a los miembros del Sanedrín, afectando sus intereses económicos. La pintura del Greco que presenta a un Cristo castigando a los mercaderes del templo, se ha convertido en el símbolo por sí mismo contra la venalidad de la Iglesia y los poderosos. En este cuadro se ve el alargamiento de las imágenes propias de las obras de este pintor, que ha generado más de una discusión entre los oftalmólogos. ¿Alargamiento fruto del astigmatismo o deformación manierista? Cada cual podrá esgrimir razones pro y contra..

El mismo Poncio Pilatos, un romano que había matado a cientos de judíos para imponer la Pax  Romana, no encontró razones para condenarlo. Sin  embargo y ante la insistencia del Sanedrín, optó por lavarse las manos. Cristo fue condenado y Judas, abrumado por el fracaso, decidió quitarse la vida.

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LA MAREA DE LOS TIEMPOS XI

posted by adminalaccsa 20 diciembre, 2023 0 comments

La marea de los tiempos XI


Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com

La rendición de Breda (conocida como Las lanzas) •
Diego Velázquez • 1634
Museo del Prado, Madrid, España.


Para mediados del siglo XVII, la guerra entre españoles y holandeses se había extendido a lo largo de ochenta años, y las posiciones se habían radicalizado. Por un lado, los peninsulares trataban de imponerse, no sólo por la fuerza sino a través de la religión. La Inquisición daba nuevos bríos a la represión, abundando en excesos.

En contraposición, los holandeses, agrupados bajo el liderazgo de Mauricio de Nassau, príncipe de Orange, abrazaron el protestantismo.

Los Orange habían tomado la Fortaleza de Breda y pudieron mantenerla a lo largo de doce años gracias a la tregua establecida entre las partes. Pero en 1621, con el ascenso de Felipe IV al trono de España, esta paz expiró. Un general genovés, Ambrosio Spínola, comandaba al ejército español que puso sitio a Breda, ciudad defendida por Justino de Nassau. Spínola ejerció con maestría el arte de aislar al enemigo, llegando incluso a negar tierras vecinas a la ciudad para evitar la llegada de refuerzos. Mientras intentaba rescatar a Breda del asedio, murió el príncipe Mauricio de Orange-Nassau. Este duro golpe, más las perspectivas de un prolongado sitio con todo el desgaste que esto implicaba, obligó a su hermano Justino de Nassau a capitular frente a Spínola.

El genovés se mostró magnánimo con los derrotados, permitiendo que las fuerzas holandesas salieran de la fortaleza con sus banderas en alto. Este fue el momento elegido por Velázquez para inmortalizar a ambos generales. El vencedor y el vencido se encuentran, obsequiando gestos de mutuo reconocimiento. Velázquez, inspirado en una obra de Calderón de la Barca, nos da a entender que esta fue una guerra entre caballeros. Los generales se han apeado de sus caballos (en símbolo de igualdad) y dialogaron amistosamente. Justino Nassau, vestido con un traje de piel, lleva las llaves de la ciudad y parece inclinarse ante el general genovés, quien amablemente impide

a su contrincante humillarse.

Sin embargo, Velázquez no deja dudas sobre quién es el vencedor, lo pinta a Spínola con armadura pavonada y el bastón de mando en la mano. Los victoriosos oficiales españoles se quitan el sombrero respetuosamente, mientras las lanzas se alzan amenazantes como demostración de poder y disciplina.

Las lanzas es un autorretrato de España, que se ve a sí misma valiente, noble, y magnánima con los vencidos, aunque, a su vez, sobre el fondo se erige el paisaje devastado, una advertencia del Imperio que muestra estar dispuesto a todo para imponerse, aunque en la tela apenas unas sutilezas diferencien al vencido del vencedor.

Las lanzas se convierten en un canto a la hidalguía del caballero español que Brueghel no había conocido un siglo antes, cuando la guerra recién comenzaba con inusitada violencia.

La rendición de Breda fue pintada diez años después de la caída de la ciudad holandesa para decorar el nuevo palacio construido por Felipe IV. Esta ostentación suena a ironía. El Imperio colapsaba bajo los costos que le impedía mantener sus ejércitos pero sí construir ostentosos palacios… Al mismo Velázquez, el rey le debía cuatro años de paga; por esto no resulta extraño que a pesar del espacio reservado para su firma, el artista jamás rubricó este lienzo que se encuentra entre sus obras más célebres.

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Apartado Cultural

posted by adminalaccsa 13 octubre, 2022 0 comments

La marea de los tiempos IV


Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com

Para dejar constancia de su ortodoxia, los ricos y poderosos que servían a la Iglesia lealmente (o que al menos eso decían) iniciaron la costumbre pictórica de retratarse junto a Jesús, la Virgen, los Santos y los Apóstoles, ya que ellos se creían merecedores de estar a la “diestra del Señor”. A través de estas pinturas, los nobles y la aristocracia pretendían acercarse a Dios, fuente de todo bien y justicia, para disputarle a la Iglesia su poderío terrenal. Esta costumbre vanidosa persiste entre nosotros, aunque hoy en día los ricos y famosos raramente prefieran figurar al lado de un santo.

La Virgen del canciller Rolin (detalle) • Jan van Eyck • 1435 Museo del Louvre, París, Francia.

Uno de los poderosos que así se retrató fue el canciller Nicolás Rolin, quien gobernó con mano de hierro el rico ducado de Borgoña, imponiendo cargas impositivas draconianas a sus súbditos. Éstos no siempre aceptaron las imposiciones y en más de una oportunidad reclamaron la reducción de esta onerosa carga en forma airada. El canciller no dudó en reprimir con violencia impiadosa cualquier insurrección que pusiese en duda su poder. Rolin estaba convencido de las bondades de un Estado poderoso que en los cuarenta años que el canciller estuvo al mando, multiplicó seis veces su espacio territorial.

Esta obra se guarda en el altar de un hospicio que el mismo Rolin había donado. Cuando el rey Luis XI de Francia se enteró que el canciller había entregado dinero para hacer este lugar como albergue de los menesterosos, dijo: “Encuentro apropiado que una persona que ha convertido a tantos ciudadanos en pobres, les provea refugio para aquellos que aún viven”.

Van Eyck puso en plano de igualdad al canciller con la Virgen y el niño. Es más, la figura de Rolin es imponente y transmite una sensación de poder mayor a la frágil jovencita.

De todos los poderosos retratados junto a figuras celestiales, probablemente hayan sido los Médicis quienes con más asiduidad aparecen en obras de este tipo.

La celebración de la epifanía del Señor era el acontecimiento más celebrado en Florencia, justamente, a instancias de los Médicis. Por eso, no resulta extraño que fuesen pintados junto a los Reyes Magos por artistas como Benozzo Gozzoli y Sandro Botticelli.

Izquierda: Procesión del Mago (detalle) • Benozzo Gozzoli • 1459 • Palacio Médici-Riccardi, Firenze, Italia. Derecha: Detalles de esta obra: Arriba: Cosimo Médicis y sus hijos; Abajo: Lorenzo Médicis.

Probablemente Gozzoli haya presenciado la espectacular entrada en Florencia del emperador bizantino Juan VIII Palelogo, en 1439, acompañando a José, el patriarca de la Iglesia ortodoxa para asistir al concilio de Ferrara donde se debía orquestar la campaña contra los turcos. Cosme Medicis logró que este concilio se realizara en Florencia, con el consiguiente beneficio económico para la ciudad. Aunque Juan VIII y el Papa no se pudieron poner de acuerdo, el comercio florentino prosperó y recibió una interesante dosis de exotismo bizantino que se refleja en esta adoración de los reyes. Cuando en 1453 las fuerzas turcas tomaron Constantinopla, muchos de los miembros de la corte oriental buscaron refugio en la ya conocida Florencia. Todo esto aumentó el prestigio de Cosme.

Un cambista enriquecido (valga como eufemismo para no usar la palabra usurero) llamado Gaspare di Zanobi del Lama, le encargó a Botticelli este cuadro a fin de ser retratado adorando al niño Dios junto a los hombres poderosos de Florencia. Sin embargo, la figura que más se destaca del grupo es Cosme
Médicis —el viejo—, el hombre más rico de la ciudad y fundador de la fortuna familiar. El banco de los Médicis tenía sucursales en Brujas, Londres y Roma, y era, sin duda, la entidad financiera más poderosa de Europa. Un año después de haber sido retratado entre los adoradores, Cosme muere, pero en el retablo se encuentra su sucesor, Lorenzo el Magnifico, cuyos rasgos fueron idealizados y sus articulaciones aparentan estar más sanas de lo que eran en ese entonces, devastadas por la gota.

Familia de miopes, su afección ocular los hacía poco propensos a las actividades bélicas. Hubo Papas, comerciantes, mecenas y hasta reinas de esta dinastía que rigió y estímulo
al Renacimiento.

En esta aproximación de ricos y poderosos al Reino de los Cielos no podía estar ausente el mismo artista, quien desde el extremo derecho de la obra nos contempla como diciendo: “Esta maravilla la pinté yo”. Efectivamente, Botticelli había hecho esta y otras maravillas, como El Nacimiento de Venus, primer desnudo del Renacimiento que honraba el amor platónico del artista por la bella Simonetta Vespucci.

Esta obra, donde la poesía clásica y los ideales grecorromanos se unen con el hedonismo, fue prontamente “olvidada” por el artista cuando el dominico fray Girolamo Savonarola sacudió la ciudad de los Médicis con sus sermones. La muerte de Lorenzo el Magnifico, en 1492, sumergió a Florencia en una profunda crisis política y el gobierno de la ciudad cayó en manos de quienes promovían una república popular, que le permitió a Savonarola imponer sus criterios incendiarios.

La lujuria, la glotonería y el despilfarro frívolo de los Médicis debían ser reemplazados por la penitencia y la meditación. En Florencia se sucedieron las procesiones expiatorias donde se quemaban las obras reñidas con la moral de los nuevos tiempos. Eran célebres las “hogueras de vanidades”. La prédica de Savonarola contra el lujo, la usura, los excesos carnales y la corrupción de la Iglesia le ganó muchos seguidores y, a su vez, poderosos enemigos.

Botticelli adhirió a la prédica de Savonarola y formó parte de las procesiones incendiarias donde se mostró “arrepentido” por la frivolidad de sus obras de juventud (cuidadosamente escondidas en una villa a las afueras de Florencia para su preservación).

Izquierda: La Adoración de los Reyes Magos • Sandro Boticellli •1475 • Galería Uffizi, Florencia, Italia. Derecha: Detalle de esta obra: Autorretrato de Boticelli.

Este furor moralizante llegó a su fin cuando Savonarola se rehusó a asistir al Papa Alejandro VI en la Santa Liga para que Florencia peleara a favor de los franceses. En retaliación, el Papa lo excomulgó y lo sometió a juicio por herejía. Este predicador que había profetizado el fin de la tiranía, fue condenado a la muerte en la hoguera y sus cenizas arrojadas al Arno, para evitar así, toda adoración póstuma de sus restos.

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posted by adminalaccsa 19 agosto, 2022 0 comments

La marea de los tiempos: pintura y política 


Por Omar López Mato
omarlopezmato@gmail.com

La pintura religiosa dominó el panorama artístico del siglo xiv y xv. La obra La adoración del Cordero Pascual es la obra más importante de los hermanos Hubert y Jan van Eyck. De gran tamaño (134 x 237 cm) consta de veinte representaciones en doce paneles que ilustran varios pasajes bíblicos desde Adán y Eva hasta esta adoración del Cordero Pascual, basada en un texto del
Apocalipsis (21,2–21,23). “La ciudad (Jerusalén) no necesita ni del sol ni de la luna para ser alumbrada, porque la gloria de Dios la iluminará y su flama es el Cordero”.  

 La adoración del Cordero Pascual • Hubert y Jan van Eyck • 1432 Catedral de San Bavón, Gante, Bélgica. 

En 1189, un pobre campesino llamado Gottshark tuvo la visión de una ciudad santa, concebida como una promesa de mejores tiempos, cuando el Bien reinara entre los hombres. Inspirado en esta descripción fue que los van Eyck pintaron la “Ciudad de Dios” como una urbe moderna. La paloma del Espíritu Santo desciende sobre el Cordero de Dios (que quita los pecados del mundo) y la fuente de la Vida Eterna. Hacia allí convergen cuatro grupos: santos, mártires, hombres y mujeres dispuestos a adorarlos.  

Nos vamos a detener en el grupo de abajo y a la derecha, donde se destaca la jerarquía eclesiástica ricamente ataviada. Entre ellos, podemos observar papas y antipapas. En el centro está Alejandro V, elegido en el Concilio de Pisa en 1409. Dos antipapas disputaron su jerarquía hasta la muerte de Alejandro un año más tarde. El antipapa Gregorio XII se encuentra atrás de Alejandro y el nuevo Papa Martín V está por delante de ellos, sosteniendo una Biblia.  

El mismo año en que Jan van Eyck daba las pinceladas finales a este óleo sobre madera (su hermano Hubert ya había muerto), se reunía en Basilea un nuevo Concilio que elegiría a otro Antipapa. Este episodio marcó el final del orden medieval, cuando la Iglesia perdió su hegemonía y las veleidades de los hombres y sus ansias de poder terrenal sembraron de incertidumbre los actos humanos, que van Dyck intentó conjurar sometiendo al mundo a un orden celestial idílico, centrado en este Cordero Pascual.  

Sin embargo, la historia posterior de este políptico se convirtió en un ejemplo más de la falta de certeza que rodea el accionar de los hombres. En 1566, la obra debió ser escondida de una turba de iconoclastas protestantes que arrasaron con todo aquello que reflejara el lujo en el que vivía la jerarquía eclesiástica. En 1781, el emperador de Austria, José II, retiró las imágenes desnudas de Adán y Eva por considerarlas impúdicas. En 1794, los revolucionarios franceses se llevaron la obra a Francia, pero a la caída del primer Imperio, el mariscal Gerhard Leberecht von Blücher las devolvió a Gantes. En 1821, partes del políptico fueron vendidas y llevadas a Berlín, y allí permanecieron casi un siglo hasta el Tratado de Versalles. Recién en 1921 el retablo fue restituido a su versión original. En 1942, los nazis lo llevaron a Alemania y permaneció en una mina austríaca hasta 1946, cuando el ejército norteamericano lo rescató y restituyó a San Bavón, donde aún permanece, aunque nadie pueda afirmar con certeza que allí estará hasta el fin de los tiempos.  

 La Pesca Milagrosa • Konrad Witz • 1444 Museo de Arte e Historia de Ginebra, Suiza. 

 A orillas del lago de Ginebra, más específicamente donde nace el Ródano, con el monte Dole y la cadena del Monte Blanco de fondo, se lo ve a Jesús hablando a sus apóstoles, invitándolos a echar una vez más las redes en un día en que la pesca había sido particularmente decepcionante. Los apóstoles obedecen y son premiados con una captura excepcional. Pedro, emocionado por el milagro, se lanza a caminar sobre las aguas y termina hundiéndose. Esta obra fue pintada al mismo tiempo que los obispos, reunidos en Basilea, partían hacia Ferrara y Florencia, donde decidieron destituir al Papa romano y elegir al duque Amadeo de Saboya como su sucesor. Éste ascendió al trono de San Pedro con el nombre de Amadeus VIII. Justamente, Witz eligió los rasgos de Amadeo para representar a un San Pedro dubitativo. Cuando Pedro se hunde, Cristo le dirige las célebres palabras recogidas en el Evangelio de San Juan: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudáis?”.  

Con el Cisma, todo el rígido esquema de la Iglesia se tambaleó, ¿quién tenía más poder, el Concilio o el Papa? Pedro era la piedra de la Iglesia y así había sido ungido por Jesús, pero esto no implicaba mayor poder de decisión sobre los demás prelados.  

Konrad Witz, al retratar a Amadeo como San Pedro, en ese momento de duda, daba a entender que la piedra de la Iglesia no siempre tendría la última palabra.  

Ante esa incertidumbre que estremecía los cimientos de la religión y de toda la sociedad, era menester mantener la calma y enviar a la grey católica un claro mensaje: Los justos ascenderán a los cielos y los pecadores merecerán el infierno.  

Infinidad de artistas han plasmado hasta nuestros tiempos su idea de los castigos celestiales. No en vano en la Divina Comedia, Dante recorre los siete círculos señalando a los personajes destacados de su tiempo que gozaban de las mieles del Paraíso o los terrores del Averno, a los que Alighieri (y no un juez celestial) había condenado.  

La Iglesia consagró los castigos y recompensas que se convirtieron en reguladores sociales. Ver el sufrimiento de aquellos que no cumplían con los preceptos bíblicos era una sanción ejemplificadora que inspiraba la cautela necesaria para continuar el camino impuesto por el Vaticano.  

Para dejar constancia de su ortodoxia, los ricos y poderosos que servían a la Iglesia lealmente (o que al menos eso creían) iniciaron la costumbre pictórica de retratarse junto a Jesús, la Virgen, los Santos y los Apóstoles, ya que ellos se creían merecedores de estar a la “diestra del Señor”. A través de estas pinturas, los nobles y la aristocracia pretendían acercarse a Dios, fuente de todo bien y justicia, para disputarle a la Iglesia su poderío terrenal. Esta costumbre vanidosa persiste entre nosotros, aunque hoy en día los ricos y famosos raramente prefieran figurar al lado de un santo.  

 La Virgen del canciller Rolin (detalle) • Jan van Eyck • 1435 Museo del Louvre, París, Francia. 

Uno de los poderosos que así se retrataron fue el canciller Nicolás Rolin, quien gobernó con mano de hierro el rico ducado de Borgoña, imponiendo cargas impositivas draconianas a sus súbditos. Éstos no siempre aceptaron las imposiciones y más de una vez reclamaron la reducción de esta onerosa carga en forma airada. El canciller no dudó en reprimir con violencia cualquier insurrección que pusiese en duda su poder. Rolin estaba convencido de las bondades de un Estado poderoso que extraía los recursos de sus habitantes en beneficio del grupo. En los cuarenta años que el canciller Rolin estuvo al frente de Borgoña, multiplicó seis veces su espacio territorial.  

Esta obra se guarda en el altar de un hospicio que el mismo Rolin había donado. Cuando el rey Luis XI36 de Francia se enteró que el canciller había donado el dinero para hacer este lugar para albergar, dijo: “Encuentro apropiado que una persona que ha convertido a tantos ciudadanos en pobres, les provea refugio para aquellos que aún viven”.  

Van Eyck pone en plano de igualdad al canciller con la Virgen y el niño. Es más, la figura de Rolin es imponente y transmite una sensación de poder mayor que el niño y la frágil jovencita. Rolin parece someterse voluntariamente a los designios celestiales, pero en un plano de igualdad. Era el canciller un hombre enormemente rico, de hecho originalmente se sabe que van Eyck lo pintó sosteniendo una bolsa de dinero que después el artista eliminó por razones que desconocemos.  

Entonces los poderosos se mostraban junto a los santos, hoy lo hacen junto a deportistas célebres y rock stars. Algo ha cambiado.